Sábado, 18 de noviembre de 2017
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PIEDRA DE ESCÁNDALO  
   
Sabido es que los priones de la estupidez humana encuentran su mejor caldo de cultivo en las entrañas del fanatismo de cualquier etiología. Nos asaltan estos días noticias sobre piedras a punto de sucumbir ante los embates del ardor disfrazado de mandamiento religioso. Son piedras antiguas, históricas. Patrimonio de la humanidad, los Budas de Bamiyán, esas enormes moles aniquiladas por la eficiencia de dos Ministerios: el de Cultura y el de Promoción de la Virtud y Lucha contra el Vicio –curiosa cartera ministerial-. Los soldados trabajan duro. Cuentan con proyectiles, explosivos, hachas y fuerza humana en estado bruto. Parece ser que las estatuas son contrarias al Islam, susceptibles de convertirse en objeto de culto, y hay que destruirlas. El país se ha convertido en el reino de la prohibición: se cierran las salas de cine, se prohíbe la música, se impide a los hombres afeitarse la barba y se obliga a acudir al rezo en las mezquitas. Un régimen donde los ladrones son mutilados y los impíos ejecutados. Donde además esa severidad es mucho más terrible con las mujeres a las que se les impide ir a la escuela y trabajar fuera de casa. A las que se les niegan servicios médicos. Mujeres obligadas a cubrirse de los pies a la cabeza con burkas, esa armadura medieval con una minúscula ventana para el horror. Cuántos desmanes en nombre de Dios. Hasta cuándo la religión como guillotina de la libertad y de la inteligencia.
 
Curiosa la afición del régimen talibán por las piedras, armas para lapidar a las mujeres si se las encuentra en compañía de algún hombre que no sea de la familia. Pero más curiosa aún resulta la atención –aunque importante- de las naciones “civilizadas” que han puesto el grito en el cielo ante un pueblo que aniquila su patrimonio histórico. Nos preocupamos por las piedras que son destruidas, pero hay que alzar todavía más alto y más claro el grito contra la indignidad, contra la bazofia humana que son esas otras piedras arrojadas a las mujeres. La voz de los gobiernos debe de elevarse alta y clara no sólo para defender el patrimonio histórico de la humanidad, sino sobre todo para defender a la humanidad, a esa parte de la humanidad todavía pisoteada por las botas de la necedad humana.
 

 

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© 2007 María Rosal