Sábado, 18 de noviembre de 2017
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PALABRAS
   
Ya se sabe. El diputado Centeno, que tiene un apellido de nobleza cereal en tiempos de vacas locas, ha sido el autor de la desafortunada frase xenófoba que ha causado conmoción en la opinión pública y en la clase política, amén de dimes y diretes que empezaban a tomar el cariz de caza de brujas. Aclarada la confusión, restituido el orden, el autor de las conocidas palabras parece que dirime la falta con su dimisión lo cual es justo y necesario. Pero, con todas las páginas que se han escrito sobre el tema, no es mi intención profundizar en la cuestión de sobra comentada sino reflexionar sobre la capacidad que tiene el lenguaje para traicionar al individuo cuando más fiel se muestra al pensamiento. Porque al final todo se reduce a una cuestión de lenguaje. De lenguaje y de pensamiento. Es decir, Centeno habría sido víctima de un lapsus liguae, su boca habría pronunciado lo que su corazón ocultaba en las humedas mazmorras de las convicciones inconfensables. Y eso, señoría, no es de recibo. Ni decirlo, ni sentirlo.
 
El lenguaje, esa forma civil del pensamiento, nos delata. Porque no es lo mismo decir moro que árabe, como no es lo mismo un yate que una patera. La acicalada Marbella o las aguas despeinadas del Estrecho.
 
También a alguien le ha traicionado el adjetivo cuando ha denominado el incidente de “jocoso”. Jocoso, para quién. Otra vez la palabra como testigo del pensamiento. Dónde está el chiste. Quizás lo que quería decir es que el comentario se le escapó saltarín, ignorante del lugar en el que se encontraba. Porque es obvio que la charla de taberna o la del sillón del casino no puede ser la de una mesa parlamentaria. Y ahí es donde su señoría patinó: dijo lo primero que se le vino a la boca, ignorando que por la boca muere el pez. Y por hablar con boca de ganso se le hizo la boca agua a sus propios correligionarios de partido que se llenaron la boca de acusaciones y pusieron en boca de otro lo que no había dicho, mientras que el culpable tardaba siete días en abrir la boca y luego, cuando habló, le partieron la boca con el puño del bochorno y el capón gestual de lo políticamente correcto. En fin ya saben.
 

 

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© 2007 María Rosal