Sábado, 18 de noviembre de 2017
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LIBROS TRANSGÉNICOS.
   
Que no mire usted, que no se trata de un plagio. Que ya sé que eso ahora está muy de moda, pero que no es el caso. El caso es que estamos en la era de lo transgénico: de la soja transgénica, del maíz  transmutante, de los tomates lustrosos y resistentes a la putrefacción. De la misma manera todo se empieza a convertir en transgénico: los pensamientos,  los deseos, hasta el punto de que cuando una mano nos toca no podemos saber con certeza si es la mano amante de quien nos mira a los ojos o la mano de una lechuga de Murcia, o de un pepino de Albacete que ha confundido sus genes con la radiografía oculta de la piel amada.
   
Y ahora va y me cuenta –hablo de un amigo mío- que anda por ahí temeroso de que lo acusen de plagio, merced a la ignorancia absoluta, cuando lo único que ha hecho ha sido escribir un libro transgénico.
   
Creo que fue Borges quien dijo. Lo que no copio de los otros lo copio de mí mismo. Y nuestros clásicos lo sabían: imitatio, imitatio: esa es la palabra. Ya lo dijo Petrarca. No copiar. Imitar. Libar para producir la cosecha propia. Homenajear. Intertextualizar. Lo malo es el disimulo, la mentira, la mala fe, el engaño. La literatura de acarreo sin pasarla primero por el tamiz de la digestión. Vender la mercancía de otro. Nadie escribe de la nada. Se  repiten los temas, se imita el estilo, se reconstruyen los recursos narrativos y poéticos. Lo que no vale es la copia literal y burda, el asalto en el callejón oscuro de la literatura, el robo a mano armada de unas pocas palabras verdaderas. Hay que dar la cara. Conclusión: la perversidad en el caso del plagio tan sonado no sería el asalto a otros autores, sino la apropiación indebida del talento de otro vía mediática, lo que se llama vender por la cara.
   
Lo importante son los libros transgénicos, esos que de puro nutrirse de otros saben devolvérnoslos con savia renovada. Ahí no vale el error informático ni el en qué estaría yo pensando. Ahí solo vale la humildad y el deleite, el saborear lo que otros han escrito, el paladear y luego, si algo queda en la saliva o en la piel, crecer con ello como un homenaje.
   
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© 2007 María Rosal