Sábado, 18 de noviembre de 2017
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LEER
   
El placer de una tarde de domingo en la mesa camilla, con una luz apagada de invierno por la ventana, un libro en la mano y en el pensamiento. Olvido de todo. Adentrarse en un libro a solas, como quien llega a una casa a la que han invitado, pero nadie sale a recibir. Empujar la puerta apenas entreabierta y pasar la mano por las paredes, acariciar los muebles disimuladamente sospechando que alguien nos contempla, quizás desde algún agujero taladrado en la pared, ingeniosamente cubierto con el retrato de una mujer hermosa e inquietante. Tardes de domingo en soledad sonora de palabras, con la televisión apagada, el teléfono arrinconado, Internet centelleando para otros, la impaciencia del chat, sus canales transitados por espíritus errantes. Porque el placer de esas horas en tu sillón preferido no está en conectarse, en buscar, en mover el ratón de la impaciencia hacia puertos luminosos, en escuchar los cantos de sirenas y arrasar el mástil. Sentarse en un sillón a leer implica abrir ventanas, y todas a la misma calle. Supone abrir de piernas el corazón para pedir a gritos que te seduzcan. Sentarte a leer es colocar sobre la piel una gasa muy fina y esperar que se vaya cubriendo de adherencias, que se vista de gala. Amo el tacto de los libros, el olor del papel, el sabor de la tinta. Y amo también navegar por las galaxias luminosas de la Red, - que dicho así siempre me ha parecido una asociación de malhechores -. Pero también la amo. Nacer en el último tercio del siglo XX, pudiera ser que lleve aparejado esa circunstancia. Se puede amar un libro, su lectura en el silencio de una habitación iluminada por las luces pajizas del atardecer, el lento descender por sus escalas, la sorpresa de la palabra como un fruto granado entre los dientes. Y se pueden amar los nudos y el enlace y las esquinas de esa fábula posmoderna que es Internet. Yo no puedo ni quiero renunciar. Me quedo con el libro, y con el chat, con el personaje escurridizo que no acaba de mostrarme su cara aunque haya leído ciento sesenta páginas y con la sorpresa que en dos minutos parpadeantes me ha dibujado ese amor que siempre he esperado. Me quedo con la chispa de los portales, la desnudez de sus porteras, los megabytes de su respiración. Me quedo con la velocidad y la lentitud, con la suma de contrarios porque no de otra materia se construye la vida. Me quedo con la palabra y la imagen. Lo mezclo y lo cocino, me lo como. Me alimento.
   
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© 2007 María Rosal