Sábado, 18 de noviembre de 2017
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GENOMAS  Y MALOS TRATOS
   
Ahora nos enteramos, no sin cierto estupor de que el mapa del genoma humano, aún por concluir, no tendrá  -a lo que parece- más de treinta y cinco o cuarenta mil genes, cifra que ronda el cuarenta por ciento de las primeras y felices estimaciones. Pero la noticia lleva del brazo una observación manifiestamente dolorosa. Una correlación punzante que puede traducir en escozor la delicada epidermis del homo antropocéntrico. Esos cuarenta mil genes no son más que el doble de los que contiene el más minúsculo e insignificante de los gusanos, un invertebrado que apenas se ve a simple vista, el Caenorhabditis elegans. Vivir para ver. Tantos años, tantas investigaciones, tanto dinero invertido, tantos desvelos,  para acabar dejando al descubierto las miserias de la herencia.
   
Tranquiliza algo la opinión de ciertos científicos que afirman que la complejidad de una especie no implica necesariamente el aumento de información genética. Menos mal. Porque una ya, dejando correr su imaginación al hilo de la divulgación científica, había encontrado en lo profundo de sí la explicación a la maldad humana, a las guerras, al terrorismo, a la opresión a la crueldad, a la tortura: Seríamos el  equivalente a dos gusanos. Pero no, dicen los científicos que no, que no va por ahí. Que habrá que buscar otros motivos históricos, sociológicos, culturales... motivos que han hecho que las neuronas combinen y engarcen sus neurotransmisores en una u otra dirección.
   
Ahora ya, porque la versión científica pesa, cuando abro un periódico y leo titulares sobre lo que una parte de la humanidad le hace a la otra, pienso que no, que el Caenorhabditis elegans no tiene la culpa, ni siquiera lo mosca del vinagre, que a pesar de ser mucho más compleja que el gusano, tiene sólo catorce mil doscientos genes. Que las causas habrá que buscarlas en otro sitio. Y las consecuencias. Que habrá que educar y castigar, y exigir que se cumplan las penas. Que no. Que no.  Y que ese marido que acaba de apuñalar a su esposa ni siquiera sabía lo del gusano, ni mucho menos lo de los genes.
   
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© 2007 María Rosal