Sábado, 18 de noviembre de 2017
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EXÁMENES
   
Afilan sus uñas a mediados de junio. La garra de los exámenes crece desde mayo y atrapa por el cuello a quien creía que nunca le llegaría su hora. Exámenes pasamos durante toda nuestra vida. Ante el tribunal de la sociedad, de la familia, de la pareja, ante los hijos. Juicios sumarísimos. Empieza uno examinándose con el maestro de primaria y acaba delante del Altísimo, como si se tratara de un catedrático del más allá. Las religiones saben mucho de exámenes, de exámenes de conciencia y dolor de corazón, sobre todo. La confesión es un examen a lo divino pasado por el tamiz de lo humano.  Por eso algunos, en nuestro deseo de zafarnos de los exámenes, nos hemos convertido en profesionales de los mismos. Convertirse en profesional de algo no es sino la intensificación de la huída. El nudo en el estómago cuando el examen se toma en serio no hay quien te lo quite. El examen es el nudo gordiano de la existencia, el rábano por las hojas que siempre tiene otro. El examen es la angustia existencial en versión dos folios, las noches en vela y el regusto a café.
 
La escuela que tanto se ufana de enseñar, no ha adiestrado todavía en la técnica de los exámenes. Los trucos del oficio. La zarpa de los exámenes es larga y peluda y tiene un tacto sudoroso. Te pasa la mano por los hombros y notas que aprieta con  fiereza. Los exámenes de la infancia huelen a babero de rayas y a nata de goma de borrar. Los de ahora huelen a tipex blanco y aséptico que es como no oler a nada. Los exámenes saben a arpillera, al tacto áspero de la verdad en la punta de la lengua.
 
Hace unos años comenzaron a llamarse controles. Insólito eufemismo. En un alarde de pérdida del miedo o del respeto pasamos de ser examinados a ser controlados. Francamente no sé que es peor. Puestos en la cuestión prefiero que me examinen a que me controlen. Uno nunca sabe dónde puede acabar. La chuleta es un bastón en el que nos apoyamos al menor descuido. Pero hay exámenes para los que no hay chuleta que valga. La chuleta es el as que nos guardamos en la manga de la vida. Las cartas marcadas. A veces tenemos suerte y a veces nos sorprenden con las manos en la masa o debajo de la mesa. Suspensos. ¿Otra oportunidad?
 

 

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© 2007 María Rosal