Sábado, 18 de noviembre de 2017
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ESTADÍSTICAS 
   
Dice la estadística, ciencia exacta de la distribución metafórica, que cada cordobés (suponemos que también cada cordobesa) gastará estas fiestas algo más de ochenta mil pesetillas para cumplir efectiva y afectivamente con los ritos lúdico-navideños. Pero para que se cumpla el pronóstico estadístico hace falta, además de dinero, tiempo, tiempo para buscar desesperadamente lo que quizá no necesitemos, tiempo para imponernos a codazos en las colas de los supermercados o en los atascos de los mercadillos. La Navidad, fiesta de la alegría, no está para aguafiestas, ni para nostalgias de lo que no se puede comprar. Así que coja usted las ochenta mil pesetas  que marca el canon y aplíquese al gasto con devoción y esmero.
   
Compre y reúnase con sus congéneres en fiestas. Brinde y sonría con el licor fraternal de las ofertas. La estadística, ciencia inexacta de la distribución equitativa, me ofrece la salida a tanto despropósito. De modo que como otros se encargarán por mí de gastar la parte proporcional que me corresponde yo me pido la porción de tiempo y de soledad que otros no quieren. Puro equilibrio de la especie. Y como gastar por gastar no me mola y  lo que yo quiero no se vende, voy a descorchar el champán del tiempo con sus burbujas fluorescentes. Voy a dormir al menos ocho horas diarias y voy a dejar de ver a gente que sólo frecuento por prescripción salarial. Estaré con la familia lo que me dé la gana y no lo que marquen los cánones. Dejaré a mis hijos que campen a lo loco sin hacer tareas –ya se las entenderán con los maestros en la cuesta de enero, como todo el mundo- y sobre todo voy a estar conmigo misma – la lluvia que cae fuera acompaña- en la chimenea, en el brasero, al calor de un libro o de las ondas luminosas de la pantalla del ordenador. Voy a regalarme tiempo y dedicación que es que de lo que ando huérfana y lo que me pide el cuerpo a gritos. Así que pienso degustar un cotillón de silencio a las doce campanadas, una ensalada de relax al vino dulce, y un pastel de lecturas atrasadas en su salsa. De postre, luz del atardecer detrás de los visillos y carajillo de soledad sonora. ¿Ustedes gustan?
   
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© 2007 María Rosal