Sábado, 18 de noviembre de 2017
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¿ENVIDIAS O TRABAJAS?
   
Tener éxito en alguna faceta de la vida, en las quinielas, o en las carreras de galgos puede ser una actividad francamente perniciosa para la salud. Ciertamente pasados los primeros lengüetazos de la satisfacción es necesario ponerse a cubierto de la baba espesa de la envidia que acompaña como la cara y la cruz de los buenos momentos. Si, además, tienes éxito en otro terreno diferente a aquel con el que te ganas las habichuelas, enseguida te acusan de no importarte demasiado la actividad con la que obtienes el condumio, lo que por otra parte produce la curiosa sensación de que la parte atacante es la mejor profesional del mundo, lo cual engendra seguridad a los paisanos de ego malherido. No en vano dice Carlos Castilla que la envidia necesita ser negada por el envidioso para protegerse de la herida narcisista que le procura el envidiado.
 
La envidia habita en las zahúrdas del genoma y se adhiere viscosa a las entretelas del corazón y lo estrangula. Es el más torpe de los siete pecados capitales porque el drama del envidioso es que lo que no quiere para otro tampoco lo quiere para sí. Sólo desea que el otro no lo tenga. Al envidioso se le encoge el estómago y otras vísceras ante la vista del envidiado. En la escultura medieval la envidia se representa con forma de sapo y algunas veces de serpiente, también se ha representado la envidia como una mujer con la cabellera erizada de serpientes.
 
Se cuenta de Miguel Mihura que cuando una obra suya tenía éxito en el teatro, al día siguiente iba al casino cojeando para ahuyentar el fantasma giboso de la envidia. Así que en esas estamos, cojeando. Por eso, en occidente, ahítos de todo, sólo nos falta que inventen una píldora contra la envidia. De modo que cuando alguien vaya a un acto en el que se homenajea a otro compañero y sepa que va a sufrir por ello, pues se toma la píldora en cuestión y así se evitan la engorrosa escena de decirle al otro, haciendo un alarde de amistad, lo que otro no desea oír y lo que es más importante, no se agua la fiesta, ni se estropea uno el estómago con úlceras evitables.
 



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© 2007 María Rosal