Sábado, 18 de noviembre de 2017
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JUGANDO A SER DIOS
   
Hay un videojuego en el mercado que hace furor entre los adolescentes. Se trata de una versión virtual del clásico jugar a las casitas e incluso a los médicos de nuestra infancia. Simulación familiar. Porque ya las cosas son de otra manera. La realidad virtual se nos está convirtiendo quizá en la única realidad posible. Puedes construir la casa de tus sueños, comprar, pelar patatas, e incluso enamorarte, todo eso sin salir de la confortable pantalla del ordenador. Nada de barbies desnutridas y cursis, sino personas de chip y hueso, de  moléculas luminosas y de neuronas virtuales. La neurona para quien la trabaja.
 
Los SIMS suponen el más moderno e indoloro método de clonación humana. Se acabó la soledad. Puedes crearte una familia numerosa. Y varios novios. Puedes incluso diseñarte un alter ego con lo mejor de ti y sacarlo a dialogar con los vecinos tan clónicos y virtuales como tú. Antes hubo un boceto portátil de SIMS que fueron los tamagochi. Recordamos la época en la que con infinita paciencia tuvimos que soportar las interrupciones de clases porque la mascota japonesa y cabezona se había hecho caca o simplemente reclamaba su ración de cariño de las doce menos cuarto. Los SIMS son más avanzados. Para empezar te conceden más independencia. No tienes que llevarlos todo el día de acá para allá, sino que puedes dejarlos en la penumbra adormecida de la pantalla y ellos siguen trajinando en sus ciudades de mentira que parecen de verdad.
 
Los SIMS son simios de tercera generación. Prójimos diligentes que nacen, crecen, aman, pelean, trabajan y mueren. Terrible espejo vital y virtual. Sólo hay un riesgo y es que según se ha demostrado los nuevos clones no se muestran siempre obedientes y a veces pueden hacer incluso lo contrario de lo que se les ordena, por lo que puedes encontrarte a tu otro yo en el psiquiátrico o en la comisaría. Claro que también tiene sus ventajas. Pues puedes mandar al talego al compañero de trabajo que te mortifica, comprar lo que se te antoje, diseñar las casas y las vidas de los demás. Sobre todo, controlar, jugar a ser dios, que es algo que desde que el mundo es mundo le va a la marcha de los humanos.
 

 

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© 2007 María Rosal