Sábado, 18 de noviembre de 2017
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CULTURAS
   
Pongamos por caso que aquí mismo, en una calle de nuestra ciudad, en un piso, una mujer, se levanta, coge a su hija de cuatro años de la mano y en vez de llevarla al jardín de infancia le extirpa la infancia y el jardín de sopetón. Pongamos por caso que esa madre entrega su hija a otra mujer que le hace el favor de rebanarle o de aplastarle el clítoris. Tanto da. Ablación lo llaman. Pongamos que en su afán por el deber cumplido y el trabajo bien hecho esta mujer se aplica a la costura y le cose a la nena lo que nunca fue herida. Infibulación lo llaman. Y pongamos también que lo sabemos y que callamos y que lo disculpamos con el sobrenombre de tradición cultural. Destino atávico. Complicidad se llama. Barbarie de la peor especie. Eso está ocurriendo ahora mismo en la Europa civilizada, y no digamos en África. También en España, donde empiezan a alzarse tímidas pero cada vez más persistentes  voces de denuncia. No se puede ser tibios en este tema. Estamos hablando de un delito. Mutilación  se llama. Malos tratos en el último extremo de la crueldad.
 
Mucho les han negado a las mujeres las diferentes culturas. Sin ir más lejos, y por hablar de lo que conocemos en esta Córdoba romana y mora, el Cristianismo y el Islam han sido particularmente misóginos. A las mujeres se les ha negado el pan y la sal, el derecho al propio cuerpo, la libertad sexual y de reproducción.  Las mujeres aparecen ya desde la Biblia como instrumentos del demonio y como los principales obstáculos para la salvación. Largo es el tema de la honra, decapitada por las mujeres y reparada por los hombres con el machete de la venganza. Difícil  jerarquizar el dolor, el sufrimiento. Las mujeres del planeta protagonizan el amplio catálogo de la crueldad: explotadas y esclavizadas por las mafias, humilladas tras las burkas, apaleadas y muertas por las manos amantes de su compañero en el tribal ejercicio de sus funciones. Pero, entre tanta barbarie, la ablación es la que se lleva la palma. Sarcasmo cruel sería tolerarla en nombre de “tradición milenaria” o “creencia religiosa”. Nunca el respeto a una cultura deberá emborronar el respeto a la persona ni a sus más inalienables derechos.
 
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© 2007 María Rosal