Sábado, 18 de noviembre de 2017
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DON CARNAL Y DOÑA CUARESMA
   
Asunto antiguo este ya el de don Carnal y doña Cuaresma que Juan Ruiz retratara con sabia ironía en su Libro de Buen Amor allá por el siglo XIV. Otra vez cuarenta días por delante sin probar la carne. Aunque según los últimos informes la carne, la que se come, deja mucho que desear. La otra, la que se paladea, se puede seguir deseando con las debidas precauciones, como todo. Así que puestos como estábamos en la lanzadera de la necesidad vegetariana llega ahora la Cuaresma con la batalla ganada de antemano a D. Carnal desde el laboratorio, lo que es una invención moderna y con poca gracia. El chuletón, los tocinos y no digamos el espinazo no necesitan lustrar sus armas contra el repollo, el puerro y la zanahoria pues no habrá cruzada.
 
Así las cosas, sólo nos es posible aplicarnos a la carne que nos queda: la del prójimo. Porque no podemos ser castos y vegetarianos al mismo tiempo, so pena de correr el riesgo de volvernos espongiformes en todo el cuerpo y no sólo en el cerebro. La castidad, esa cosa meliflua, algo floja y sonrosada sabe a ingravidez, a musarañas y a vaso de leche sin azúcar. Tiene, además, el rastro del cilicio en la espalda del deseo que es una espalda húmeda y rugosa. La castidad es una cosa así como que uno no oye a la hormona vocinglera que le altera los bajos. Es un estar sordo de todos los sentidos, por no faltar al sexto. No creo que pueda haber nada más contra natura que la castidad. Hace años, supongo que ya habrán entrado en razón, se creó un club de fans de la castidad. A saber, chicos y chicas jóvenes se reunían en fin de semana para hablar de los beneficios de su ejercicio. Nada más morboso que mirar la fruta prohibida y sacarle brillo y encima decir que así está más apetitosa que con un buen mordisco.
 
La carne está intratable, pero nos llama. El decálogo del casto y de la casta se resumiría en dos mandamientos: no amar a los demás ni amarte a ti mismo. Porque ojo con la mano tonta o el dedo pinturero, que luego pasa lo que pasa y la gente hasta se pone contenta y se le quita la mala uva y se vuelven ingobernables de puro satisfechos.
 
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© 2007 María Rosal