Miércoles, 20 de septiembre de 2017
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PRESENTACIÓN de MARÍA ROSAL
Eduardo García
 
Feria del libro (Córdoba), a 12 de abril de 2002
   
Buenas tardes.
 
Probablemente no será María Rosal ninguna desconocida para la mayoría de vosotros. Poeta y profesora de Literatura, desde 1993 viene María desarrollando una tan continua como abundante labor poética. Desde su primer cuaderno de poesía, Sibila, ha publicado numerosos títulos: Abuso de confianza (Premio Gabriel Celaya), Brindis (Premio Mario López), Don del unicornio (Premio de poesía erótica Cálamo), In vino veritas, Vuelo rasante (Premio Luis Carrillo de Sotomayor), Inventario, Vicios comunes, Ruegos y preguntas (Premio Ana del Valle), Tregua (Premio Ricardo Molina-Ciudad de Córdoba; editado en Hiperión), Travelling de acompañamiento, La resaca del fuego, A pie de página. Tan vasto número de títulos publicados (aun tomando en cuenta que algunos de entre ellos son cuadernos, pequeñas muestras de su arte) dan fe de una ferviente dedicación a la palabra. 14 títulos en una década son toda una excepción en nuestro parco panorama literario. Prolífica como pocos se diría que la poeta goza del don de la facilidad. Torrencial, desbordada, María vive periodos de exaltación poética de extraordinaria intensidad. En apenas un par de meses le brotan docenas de poemas,  lo que algunos de sus colegas escritores le envidiamos con deportividad.
 
Pero además, su obra ha tenido eco a nivel nacional. Antologías de poesía española como 21 de últimas (de ámbito andaluz) y Un siglo de soneto en español (Hiperión, 2000) así lo atestiguan. Nutrida es también la nómina de las antologías de poesía femenina donde se recogen poemas suyos: Ellas tienen la palabra (Hiperión, 1997), Estirpe en femenino o Mujeres de carne y verso, amén de otras antologías publicadas en revistas literarias. No puede decirse, pues, que sea ninguna desconocida, no ya entre nosotros, sus paisanos, sino –lo cual es mucho más significativo- allende nuestras diminutas fronteras. Digámoslo ya, con total franqueza, María Rosal es una de las contadas poetas españolas que han obtenido un auténtico reconocimiento en este país, dentro del pujante movimiento de la poesía femenina de las últimas generaciones.
 
Hoy presentamos su último poemario hasta la fecha, Otra vez Bartleby, que nació ya avalado por el Premio de Poesía “Cáceres, Patrimonio de la Humanidad”, editado el año pasado por Vitruvio. Excelente presentación, sin duda. Pero hay más. Como ustedes ya sabrán hace apenas un mes el libro se alzó con el último Premio Andalucía de la Crítica, lo que le sitúa en el centro de la atención cuando menos de la crítica andaluza. Con tales cartas de recomendación cabría esperar, sin duda, un buen libro. Y en efecto, así es, Otra vez Bartleby viene a configurar un paso adelante en la trayectoria de su autora.
 
Para situarnos empezaré por aclarar que en la poesía de María Rosal conviven dos modulaciones de la voz, dos miradas. Hasta la llegada de Tregua en el 2000 (quizá su mejor libro hasta la aparición de Otra vez Batleby) Rosal practicaba una poesía coloquial, cercana al lector, con ribetes irónicos, en una línea de confluencia con la tendencia poética dominante en los años 80 y 90: la llamada poesía de la experiencia o poesía figurativa. En tales libros nada hacía esperar la brusca transformación que se operó en su escritura a partir de Tregua.
 
Es en este libro en el que descubre una nueva forma de encarar la actividad poética. Su poesía se abre a un discurso más irracionalista, emprende la aventura del versículo largo, de vasto aliento, se atreve a transitar territorios ignorados. Quizá conservase en ocasiones algunos modos de su actividad anterior, pero su voz había dado un giro de 180 grados en lo esencial. Dialogaba ahora con otra familia de la poesía española, en la que figuran nombres tan relevantes como José Viñals, cierto Julio Llamazares o Juan Carlos Mestre, poetas todos de primerísima fila, destinados a dar -como lo hará María, como ya lo está haciendo- mucho que hablar en los próximos años. Tregua obtuvo el Premio Ricardo Molina–Ciudad de Córdoba en el año 2000 y su publicación en la prestigiosa editorial Hiperión supuso un notable salto adelante en la difusión de la poesía de la autora. Quizá sea el libro que le haya abierto el camino a un público más amplio. Lo que es seguro es que ha habido un antes y un después de Tregua no sólo en lo estilístico, sino también en la ahora más amplia presencia de María Rosal en nuestras librerías.
   

Al acercarme por primera vez a Otra vez Bartleby tenía la duda de qué voz  me iba a encontrar. ¿La María Rosal coloquialista, irónica? ¿La María Rosal irracionalista, oracular? Sabía por la propia María que no desdeñaba seguir empleando el tono de sus anteriores libros, o bien intercalar aventuras creativas en ambas vertientes. Sin embargo, reconozco que fue para mí una grata sorpresa descubrir que la poeta volvía a decantarse por el camino ya abierto en Tregua, los anchos horizontes de la poesía en tono mayor, que encuentran aquí nuevos caminos de indagación. Pero si en el tratamiento del lenguaje Otra vez Bartleby se encuentra en la estela abierta por Tregua, muy otra es su búsqueda. En definitiva, hay aquí una apuesta que trasciende los límites de su libro anterior.

   
Ante todo es este un poemario construído en torno a un sentimiento de rechazo hacia la escritura. La actitud de la poeta es, sin duda, paradójica. Le brota un torrente de poemas... en los que combate cuerpo a cuerpo con su propia inclinación a la escritura. A tal relación de amor-odio con la palabra apunta el título mismo del libro. Bartleby, el escribiente, célebre personaje de Herman Melville, era un oscuro oficinista de sobrias costumbres que un buen día decide renunciar a toda actividad. Acude a su puesto cada día con la máxima puntualidad y se retira siempre a su hora, pero cada vez que se le invita a realizar cualquier labor permanece inmóvil, respondiendo una y otra vez, con la más exquisita cortesía: “Preferiría no hacerlo”.
   
Ese podría muy bien ser el lema del libro: “Preferiría no hacerlo”. Y es que María Rosal siente la escritura como una fiebre repentina que se apodera de su voluntad, a la que en la práctica no se puede renunciar (como no se puede renunciar a ser de Córdoba o Palencia, o a amar a quienes sentimos muy cerca de nosotros), pero una fiebre a la que, sin embargo, se desea fervientemente renunciar.
   
Quien escribe, no vive. Permanece en la orilla de la vida, mirándola pasar. Quizá esa sensación de pérdida de la vida en la soledad de la escritura sea el surtidor emocional de estos poemas. Así parece avalarlo la cita de Luis Cernuda (extraída de su libro “Como quien espera el alba”) que encabeza la última sección:
   
  Ha sido la palabra tu enemigo:
por ella de estar vivo te olvidaste.
   
Así pues, entabla la autora un combate amoroso con la palabra. Es éste un libro de amor-odio hacia la escritura poética: esa mezcla brutal de sentimientos que caracteriza a las grandes pasiones. La práctica totalidad del libro se concentra explícitamente en el tema del rechazo a la poesía, la “ramera” (como la llamaba Vicente Núñez y nos recuerda Mª Rosal, en homenaje al poeta fallecido). La poesía es una amante casquivana, inestable. Nos reclama imperiosa unos meses para abandonarnos una vez más, inexorable. No faltan entonces reproches hacia esa fuerza imperiosa, capaz de sustraernos a la pequeña y grata vida de todos los días, a la calle, el bullicio, los amigos... para, a cambio, entregarnos un puñado de simulacros de vida, de espejismos. Como escribe al final de un poema, refiriéndose a sí misma en cuanto poeta:
   
Infeliz, alma en venta al diablo por algo que no existe.
   
Y es que, en efecto, los espacios que convoca la poesía son territorios de la imaginación, ámbitos psicológicos, paralelos a la vida corriente: “algo que no existe”.  Por eso la poesía es una “tempestad”, un “saqueo” al que somos sometidos sin poder ofrecer resistencia. Pero tampoco faltan los poemas en que se muestra la poesía como una pasión irrenunciable, una enérgica fuerza, capaz de poseernos por completo. Una pasión deslumbrante, efímera, que, mientras dura, puede darnos alguna felicidad:
   
Sola y feliz, tan sólo a tu pasión te aplicas.
   
En definitiva, la poeta oscila entre un rendido amor a la palabra (que late en sordina, a lo largo del libro) y el explícito rechazo a sus argucias, su seducción hacia el vacío (Salomé, Medea, “femme fatale”, “ramera”).  La pasión y la nada, esas dos vertientes de la misma fuerza ciega que alienta en la inspiración poética, se reflejan a la perfección en otro verso revelador, que es a mi juicio representativo del espíritu del libro:
   
Eres la pasión y la nada, la lucha de contrarios.
   
Aclarada la intención expresa de estos versos, el tema en torno al cual giran, nos queda por delimitar la clase de poesía que se depliega en ellos. Ya señalamos que Otra vez Bartleby enlaza con esa otra línea irracionalista y versicular, diversa de la coloquialista e irónica, que desde Tregua viene desarrollando la autora. En efecto, predomina aquí un tono bíblico, salmódico, whitmaniano, que se entrega por momentos a lo oracular. La concepción platónica de la poesía como “rapto divino” planea sobre estos poemas. Tal rapto de la inspiración no vacila en manifestarse mediante una auténtica explosión de lenguaje. De hecho, Rosal ha cultivado con brillantez esa entrega a la resonancia simbólica de las palabras.
   
A menudo las imágenes se suceden, cercando el sentido del poema. Es entonces cuando la palabra habla por sí. Importa menos la referencia exacta, el significado preciso de las palabras, que su resonancia emotiva en nosotros. El lenguaje se amplía a espacios que habían sido expulsados del territorio de la poesía por la estética realista, experiencial, de los últimos años. Como le sucedió en su momento a los novísimos, hay aquí un intento de recuperación de la capacidad de evocación y asociación de las palabras, una fascinación por el lenguaje mismo y su facultad creadora de espacios interiores.
   
En ese sentido me parece reveladora la referencia intertextual que se hace en uno de los primeros poemas a unas declaraciones de Mallarmé. El simbolista Stéphane Mallarmé abanderó una poesía pura, limpia de las adherencias del sujeto, en unas célebres palabras:
   
 
«La obra pura implica la desaparición del poeta en la expresión, que cede la iniciativa a las palabras».
 
En idéntica línea, recoge el relevo la poeta en un verso final:
   
Ahora debe callarse. Dejar hablar a las palabras.
   
Y en efecto, el sujeto poético se diluye en el discurso, se despliega en imágenes, ocultándose tras el resplandor de las palabras. Así es como éstas cobran vida, generan en la imaginación del lector mundos posibles, paralelos a la realidad común, donde la identidad humana accede a más hondos estratos de experiencia.
   
Quizá sea hora pues de que haga mías las palabras de la autora.
Ahora debo callarme. Dejar hablar a las palabras... de María Rosal.
   
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© 2007 María Rosal