Lunes, 24 de julio de 2017
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María Rosal:
las motivaciones de la creación
Antonio Moreno Ayora
 
Después de haber publicado quince libros de poesía -el último, muy reciente, de carácter antológico titulado “Travelling de acompañamiento” (Fernán Núñez, Ediciones Puerta de la Villa, 2003-, de haber sido seleccionada para distintas antologías -"Ellas tienen la palabra”,“Un siglo de sonetos en español”,“Mujeres de carne y verso”... -, de haber experimentado cómo parte de su obra se lee en el extranjero -recordemos la edición en italiano titulada “Larisaccadelfuoco”, de 2002- y de haber recibido premios tan conocidos como el Gabriel Celaya, el de poesía erótica Cálamo, el Ana del Valle o el Ciudad de Córdoba Ricardo Molina, María Rosal ha vuelto a ver revalidada su primacía de poeta en su libro "OtravezBartleby”, galardonado con la XV edición del premio de poesía “Cáceres, Patrimonio de la Humanidad”. Su título parece proceder del de la obra “Bartlebyelescribiente”, de H. Melville, y agrupa dentro de sus tres apartados un total de cuarenta y un poemas con la particularidad tipográfica de aparecer prosificados y fragmentados en diversos párrafos en los que la musicalidad, la sinceridad y el personalísimo enfoque temático son líneas rectoras de su lirismo.
 
Se trata en este caso de un libro que ahonda en las motivaciones de la creación (es precisamente ése –“En círculo vital vivo y escribo”– el argumento de partida y más repetido) y en las posibilidades sugestivas del idioma, al que María Rosal pretende enriquecer con nuevas sugerencias, con acertadas conjunciones, con sorprendentes juegos de metáforas. Adobando el estilo mediante continuos paralelismos, saturándolo de intencionadas paradojas, renovándolo con un aire mágico en el que se arraciman los símbolos (“Nunca voy a renunciar a ningún recurso que me brinde la lengua [...]”, según su declaración a un periódico), María Rosal reflexiona obsesivamente sobre la inspiración (a la que se entrega sin pausa: “Precisa es la constancia, abrillantar la pátina, raspar las adherencias. Esperar”), y luego sobre el poder tiránico de la palabra, sobre los efectos de circunstancias adversas, sobre el placer de la propia escritura: “Sola y feliz, tan sólo a tu pasión te aplicas”; y por encima de todo admite que la poesía es sentimiento doloroso, sinceridad a borbotones, confesión de la irreprimible intimidad: todo ello se constata en el título “La poesía muestra sus miserias” o en el fragmento “Tú, poesía, la de verdad, la descarnada, la de los huesos mondos. La hiel y la meloja, la fuente caprichosa”.
   
La frecuente utilización de verbos en imperativo demuestra la claridad de ideas y la orientación que se pretende imprimir en las relaciones personales, en las que también se descubre aislamiento vital y sufrimiento: “Solos./ Acobardados./ Con los pies heridos”. Como en libros anteriores (piénsese, por ejemplo, en “Ruegosypreguntas”, de 2001), nuevamente aparece en éste el desacuerdo amoroso, la crítica a la hipocresía: “Entonces... ¿A qué has venido? –me preguntas–/ ¿A qué tanto disfraz, tan triste maquillaje?” En esta línea, María Rosal no rompe definitivamente con creaciones precedentes, más bien recupera sus ecos (“He firmado con mi sangre la tregua”) para defender su continuidad temática y situarse en la opinión de que con frecuencia se escribe el mismo salmo. Por eso este libro, sobre todo en su segunda parte (“Estrategias”), se configura como una renovada versión del latido amoroso de otros anteriores; muchos de sus poemas insisten en la idea y en ocasiones la plasman con absoluta claridad: “Porque llega el amor y nos emplaza”.
 

Se advierte que no todos los poemas poseen el mismo nivel de comprensión y claridad, y que hasta algunos rondan la frontera del surrealismo; pero los de tinte autobiográfico, de confesión íntima, ganan en comunicación y revelan las búsquedas de la escritora: “Como Sísifo buscas la exactitud de los vocablos,/ el toque de la piedra que labre su latido. La/ hiel que justifique el sudor y las lágrimas”. Entre tales búsquedas están las que pretenden dotar al texto de originalidad expresiva, bien a través de la metáfora (“...el abrevadero de la noche, bruñida superficie de hojalata”; “...la vida, urraca polvorienta...”), bien mediante el sentido parabólico (“Ella habitaba junto a un arca y llevaba grilletes golpeados por el herrero ciego”), o incluso repitiendo como signo diferencial determinadas imágenes (“Me miro en el espejo”) o ciertos usos gramaticales (asiduamente, el recurso a la segunda persona: “Ya sabes el secreto”).

   
En este poemario, sin duda, se ha vuelto a premiar una voz genuina y difícilmente confundible, arriesgada con el lenguaje y experta en confesar con eficacia la intimidad. La suya, junto a la de otros poetas cordobeses que debemos nombrar (Manuel Gahete, José Luis Rey o el reciente premio Ciudad de Córdoba-Ricardo Molina, Raúl Alonso), es una de las voces líricas con más eco en el panorama de la poesía cordobesa de última hora.
   
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© 2007 María Rosal